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	<title>Mauricio Vargas Linares</title>
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		<title>&#8220;Ahí le dejo la gloría&#8221;</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 13:19:24 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El escritor y columnista colombiano presenta su segunda novela histórica “Ahí les dejo la gloria” basado en el encuentro que sostuvieron dos libertadores de la patria, Simón Bolívar y José de San Martín.

Un libro que se recrea en los últimos días de 1822, cuando “un Bolívar que estaba en pleno ascenso hacia la gloria y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El escritor y columnista colombiano presenta su segunda novela histórica “Ahí les dejo la gloria” basado en el encuentro que sostuvieron dos libertadores de la patria, Simón Bolívar y José de San Martín.</p>
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<p>Un libro que se recrea en los últimos días de 1822, cuando “un Bolívar que estaba en pleno ascenso hacia la gloria y un San Martin que ya está en plena decepción se cruzan”.  Vargas reconstruyó el episodio del encuentro entre ambos históricos con base en documentos que dejaron los dos sobre su reunión en Guayaquil.  Sin embargo, llenó algunas omisiones con la ficción y aquí entro en juego la personalidad y el momento que vivían cada uno de ellos.<br />
“La única reunión de los dos hombres más grandes que ha tenido Suramérica, la única vez que se vieron y estuvieron siete horas a solas en tres reuniones. Eso me atrajo enormemente. Qué pasó ahí, qué resolvieron, qué estaba en juego”, explica Vargas sobre el eje central de su libro.<br />
La pasión de Mauricio Vargas por la novela histórica comenzó con el mariscal Sucre, de quien leyó con voracidad sin saber que escribiría un libro.  “Cuando se cruzan esos dos, el que van en ascenso, San Martín le dice a Bolívar: Ahí le dejo la gloria”.<br />
Como el título de la novela, “Ahí les dejo la gloria”, los perdedores pueden ser tan grandes como los vencedores.  “Digamos que en el periodismo siempre resultan más interesantes los ganadores, pero en la novela, es posible que sean más interesantes los perdedores.”, concluye Vargas.</p>
<p>Fuente: Noticiasrcn.com</p>
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		<title>Mauricio Vargas presenta nuevo libro</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 13:18:17 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El periodista lanzará su nuevo libro &#8216;Ahí le dejo la gloria&#8217; en el marco de la Feria del Libro de Bogotá que inicia este 18 de abril. Vea el detrás de cámaras de la entrevista que Mauricio Vargas concedió a Revista Jet-Set.

jetset.com.co
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El periodista lanzará su nuevo libro &#8216;Ahí le dejo la gloria&#8217; en el marco de la Feria del Libro de Bogotá que inicia este 18 de abril. Vea el detrás de cámaras de la entrevista que Mauricio Vargas concedió a Revista Jet-Set.</p>
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		<title>Ahí le dejo la gloria, el libro de Mauricio Vargas</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 13:17:07 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El escritor y periodista revela en la obra un singular encuentro entre Simón Bolívar y José de San Martín.

Noticiascaracol.com
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El escritor y periodista revela en la obra un singular encuentro entre Simón Bolívar y José de San Martín.</p>
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<p>Noticiascaracol.com</p>
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		<title>Mauricio Vargas ¡Ahí les dejo a Bolívar!</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Apr 2013 02:56:49 +0000</pubDate>
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Mauricio Vargas, el escritor, se ve relajado y sonriente. Poco queda del periodista afanado, estresado y pendiente del reloj; pero permanecen intactos el rigor y la precisión que aprendió del oficio y de su padre, Germán Vargas Cantillo. Sus días comienzan muy temprano en la mañana, cuando se levanta para escribir mientras los demás duermen. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone" title="Mauricio Vargas presenta &quot;Ahí le dejo la gloria&quot;" src="http://www.jetset.com.co/upload/images/2013/4/12/77256_81313_1.jpg" alt="" width="320" height="220" /></p>
<p>Mauricio Vargas, el escritor, se ve relajado y sonriente. Poco queda del periodista afanado, estresado y pendiente del reloj; pero permanecen intactos el rigor y la precisión que aprendió del oficio y de su padre, Germán Vargas Cantillo. Sus días comienzan muy temprano en la mañana, cuando se levanta para escribir mientras los demás duermen. Después de las nueve sabe que no vale la pena insistir con la escritura, el teléfono empieza a sonar, las invitaciones a almuerzos con cara de junta de negocios aparecen y el panorama laboral se agita. Pero nunca trabaja después de las cinco de la tarde. Los años de correcorre, que eligió vivir desde los 19 años como reportero en El Heraldo de Barranquilla, que siguieron por mucho tiempo en las revistas Semana y Cambio, o en la política desde el Ministerio de Comunicaciones en el gobierno de César Gaviria, hoy son historia.</p>
<p>Hace seis años, desde la calma del estudio de su casa, se ocupa de otra historia. En el 2007, después de escribir la novela sobre el poder, La última vida del Gato y víctima de la fatiga que le había dejado ejercer el periodismo a diario, se embarcó en otra nave: descubrir la humanidad de los próceres latinoamericanos. Esos, de quienes siempre quiso saber mucho más que las fechas y los nombres de las batallas que libraron, se convirtieron en su nueva fuente. Inspirado por las cartas de Antonio José de Sucre que le regaló su padre para su cumpleaños número 20, empezó por escribir El mariscal que vivió de prisa, publicado en el 2009. Ese fue el inicio de una trilogía que con Ahí le dejo la gloria va por la segunda entrega.</p>
<p><strong>¿Cómo surgió el tema de la segunda novela de la trilogía?</strong> –Me pasó como cuando uno está cocinando y tiene que dejar marinando un ingrediente para luego integrarlo en la receta. A mitad del 2009 estaba en las correcciones de El mariscal que vivió de prisa y empecé a halarle la pita a la famosa entrevista en Guayaquil entre Simón Bolívar y José de San Martín. Cada cosa que me encontraba me interesaba más. Al entregar la novela de Sucre, empecé tres años y medio de investigación y escritura de Ahí le dejo la gloria.</p>
<p><strong>¿Por qué ese título? </strong>–“Ahí le dejo la gloria” es una frase real que aparece en los escritos y las cartas. Es el regalo maldito que le deja San Martín a Bolívar: lo efímera y traicionera que es la gloria. Finalmente lo que converge en Guayaquil, más allá de las circunstancias políticas y ?militares, son las personas y su humanidad.</p>
<p><strong>¿Existe en el fondo un interés de contar las historias personales de los líderes de otras épocas porque no es fácil hacerlo con las de los políticos actuales? </strong>–Hay cierta licitud en meterse en la vida privada de los personajes históricos, pero todavía existe una razonable limitación de entrar en la intimidad de los hombres públicos de la actualidad. En general, el periodismo desprecia las circunstancias humanas y se limita a lo que es demostrable. Lo rico de la literatura es que uno puede ahondar en el alma de los personajes.</p>
<p><strong>¿Qué pasó en su alma mientras escribió los libros?</strong> –Terminé sufriendo. Es inevitable que los sentimientos de uno empiecen a emular los de los personajes. Cuando se debe describir su dolor, solo se puede acudir al propio. Aunque siempre he sido una persona muy alegre, descubrí mi melancolía en la tristeza de Sucre. San Martín, que huyó de una situación intolerable, resaltó mi afán fugitivo.</p>
<p><strong>¿De qué se ha escapado?</strong> –Del periodismo. Pero me fui en una nave muy agradable y segura que es la literatura.</p>
<p><strong>Usted sonó hace poco como el posible director del periódico El Heraldo… </strong>–Sueno más que una orquesta de borrachos. Pero realmente desde hace seis años, cuando dejé Cambio, no me han hecho más de dos propuestas concretas. Creo que es porque he sido muy estridente en mi mensaje de que no quiero volver a tener un cargo directivo en ningún medio de comunicación.</p>
<p><strong>¿En este viaje de escritor ha recordado a su padre?</strong> –Mi papá, que de alguna manera fue un escritor frustrado, nunca llegó a leer ninguno de mis libros. Un día le pregunté por qué no se había arriesgado a publicar ninguno de sus cuentos, y me contestó que sus compañeros de generación, Gabo y Álvaro Cepeda Samudio, eran mejores que él.</p>
<p><strong>¿Cómo es su estado de ánimo ahora que va a presentar su obra en la Feria del Libro? </strong>–Ya superé el duelo de entregar la novela y que se fuera para la imprenta. Es un proceso muy doloroso. Me da afán, porque empecé a escribir libros a los 30 años y ya tengo más de 50, así que me pregunto cuántas novelas me quedan.</p>
<p><strong>¿Quién será el protagonista de la próxima novela?</strong> –Es inevitable que sea Bolívar. Sobre él existen muchas biografías, pero pocas novelas. Además, hay algo de rebeldía en mi decisión. Ya son tantos los años en que nos han querido imponer a los héroes de óleo, que es necesario destacar que el ser humano es más complejo.</p>
<p>Redacción Revista Jet Set</p>
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		<title>La misteriosa entrevista de Bolívar y San Martín</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Mar 2013 19:58:48 +0000</pubDate>
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La nueva novela de Mauricio Vargas, &#8216;Ahí le dejo la gloria&#8217;, recrea el encuentro de estos héroes en Guayaquil y retrata su mundo íntimo. Ya está en librerías.

El general José de San Martín –héroe de mil batallas, libertador de la mitad de América del Sur– está sentado, casi ciego, soportando su vejez en un rincón [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://mauriciovargaslinares.com/wp-content/uploads/2013/03/1503.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-433" title="1503" src="http://mauriciovargaslinares.com/wp-content/uploads/2013/03/1503.jpg" alt="" width="560" height="330" /></a></p>
<h2>La nueva novela de Mauricio Vargas, &#8216;Ahí le dejo la gloria&#8217;, recrea el encuentro de estos héroes en Guayaquil y retrata su mundo íntimo. Ya está en librerías.</h2>
</p>
<p>El general José de San Martín –héroe de mil batallas, libertador de la mitad de América del Sur– está sentado, casi ciego, soportando su vejez en un rincón de la costa francesa.</p>
<p>Alejado de todos sus triunfos, el general solo recuerda.</p>
<p>Recuerda la gloria que le arrebataron. O, mejor, la que él dejó ir.</p>
<p>–¿Por qué, general, por qué se va? –le insistieron muchos cuando lo vieron embarcar en Mendoza con rumbo a Europa, acompañado de su hija Mercedes, de siete años. Esa pregunta no iba a dejarlo en paz ni siquiera años después, en su casa de retiro, donde su hija y sus nietas volvían a cuestionarlo:</p>
<p>–¿Por qué te fuiste de l’Amérique du Sud? –siguen.</p>
<p>San Martín no responde.</p>
<p>Sus noches continuan interrumpidas por vómitos de sangre debido a los males digestivos que ha sufrido toda la vida y que él se acostumbró a sobrellevar con fuertes dosis de opio.</p>
<p>San Martín piensa en el miedo que también lo ha acompañado y que en muchos momentos le hizo inclinar la balanza hacia la derrota. Ahora, en su final, el miedo ya no está. Y muchos secretos terminarán yéndose con él.</p>
<p>* * * *</p>
<p>Con este San Martín, apartado de las tierras y de las batallas que lo hicieron héroe, comienza Ahí le dejo la gloria, el nuevo libro del escritor y periodista Mauricio Vargas, la segunda parte de la trilogía que inició con El mariscal que vivió de prisa (2009), dedicado a la vida de Antonio José de Sucre.</p>
<p>En el momento en que ponía punto final a la historia del mariscal, a Vargas le surgió la idea de la siguiente novela: se trataba de mirar de frente al que ha sido uno de los mayores misterios en las narraciones de la Independencia: el encuentro que se realizó en Guayaquil entre José de San Martín y Simón Bolívar, el 26 de julio de 1822. Los dos libertadores se vieron cara a cara solamente esa vez. Hablaron durante cuatro horas largas. Pero muy poco, o casi nada, se supo de lo que pasó en esa entrevista.</p>
<p>Vargas empezó a investigar, revisó documentos, leyó biografías, visitó historiadores, viajó a Argentina, a Ecuador, a Perú, a España; recorrió los sitios que doscientos años atrás fueron protagonistas de estas escenas históricas. Y terminó por escribir una novela histórica, con la tensión narrativa propia del género y con los permisos que da la ficción, pero con la base firme que otorgan los datos verdaderos. No en vano Vargas ha hecho una larga carrera como periodista y mantiene, según dice, “la tara de la precisión”. Cada detalle fue revisado con lupa.</p>
<p>La entrevista en Guayaquil es el eje de este libro, en efecto. Sin embargo, termina siendo un pretexto para lo que en el fondo es su principal objetivo: mirar la vida de estos dos personajes, no tanto como los grandes libertadores que fueron, sino como hombres.</p>
<p>* * * *</p>
<p>–¿Habré sido siempre tan mal amante como dice esta loca? –se pregunta Bolívar al levantarse de la cama.</p>
<p>Manuelita Sáenz todavía duerme.</p>
<p>En las páginas de esta novela, Bolívar también se deja llevar por los recuerdos; por la memoria de sus primeros amores, de su matrimonio, de su rápida viudez, por los años en Francia, que fueron fundamentales en la formación de sus ideas políticas. Bolívar, inquieto, hurga en su pasado, tratando de encontrar sus respuestas.</p>
<p>–¿Ha dormido bien, señor? –le pregunta Manuelita, todavía entre sueños. Es una de sus citas urgentes, medio secretas, esta vez en Catahuango.</p>
<p>Bolívar tiene asuntos que indagarle a su amante. Quiere aprovechar que ella conoce a San Martín (a quien él no ha visto de cerca) y conocer cuáles son los propósitos de este hombre de batallas exitosas, saber cómo es físicamente, incluso si mide más que él. Quiere enterarse de qué piensa respecto a un interés común: Perú.</p>
<p>Tanto Bolívar como San Martín tenían claro que los triunfos logrados por la independencia no significaban nada si no conseguían que el territorio peruano estuviera libre del dominio realista. Las tropas del rey seguían en tierras altas del Perú, lo que significa su control sobre la plata y el oro.</p>
<p>–San Martín quiere el Perú, pero no quiere imponerse por las armas –le dice Manuelita, ya bien despierta.</p>
<p>Bolívar la oye con atención. Pero él descree de las capacidades de San Martín para hacerse con el control del Perú. Mucho más si lo que pretende es usar la persuasión y no la fuerza.</p>
<p>–A punta de conversa y consejitos no lo va a conseguir –dice.</p>
<p>La novela describe cómo estos dos libertadores –en el momento en que por fin van a encontrarse– atraviesan momentos muy diferentes en sus vidas. San Martín, después de liderar batallas desde su adolescencia en Europa y América, se siente decepcionado de las guerras y las victorias. Está harto de las traiciones. Carga sobre sí no solo el peso de la mala salud, sino el de las habladurías, que lo martirizan más que una batalla perdida. La gente riega chismes sobre su origen (dicen que no es hijo del militar Juan de San Martín y Gregoria Matorras, sino del oficial de la armada española Diego de Alvear y la india Rosa Guarú). Se habla de las infidelidades de su esposa, Remedios.</p>
<p>De su nacimiento nada queda claro. De los amoríos de su mujer, el propio San Martín le escribe una carta íntima al teniente coronel Tomás Guido en la que le dice: “&#8230; Nací para ser un verdadero cornudo, pero mi existencia misma la sacrificaría antes de echar una mancha sobre mi vida pública”.</p>
<p>Por su parte, el Bolívar de este libro está ávido de poder, vive apresurado tanto en la política como en el amor. No entiende a San Martín cuando se entera de que el libertador de Chile busca victorias sin triunfos militares, cuando habla de persuadir y no de vencer. Claro, también hay detalles que los unen, como el vínculo que ambos tienen con la masonería –lo que jugó un papel importante en los héroes de la Independencia. Pero su mundo interno los separa. De ahí que resulte clave su encuentro en Guayaquil.</p>
<p>* * * *</p>
<p>En muchos libros de historia se ha planteado que en esta famosa reunión se debatió el control sobre Guayaquil. Para Mauricio Vargas, el tema debió ser otro, pues en ese momento esa región ya no estaba en debate: Bolívar la había puesto bajo su dominio. La conversación entre los generales giró en torno a otro asunto: Perú. La presencia de tropas realistas en las zonas ricas en oro.</p>
<p>San Martín le pidió apoyo militar a Bolívar. Le ofreció, incluso, batallar bajo sus órdenes si el venezolano aceptaba ir con sus filas de soldados en busca del control de las tierras altas del Perú. Bolívar solo aceptó enviarle algunos de sus hombres como apoyo. “Si en ese momento San Martín no hubiera estado en una etapa de decepción, la cosa hubiera podido terminar en una guerra entre ellos dos, quién sabe en qué condiciones”, dice Vargas. De nuevo, entonces, resultó fundamental el momento interno que vivían.</p>
<p>Por eso, más allá de lo político, lo que marcó la diferencia en la entrevista de Guayaquil fue el contenido humano. La novela describe ese encuentro y lo deja ver casi como el de un papá hablándole a su hijo. “El papá que ya sabe y le explica al hijo que todavía no sabe –agrega Vargas–. Y que trata de hacerle entender que no vale la pena”.</p>
<p>San Martín le explica a Bolívar las razones de su desencanto. Pero él no logra comprenderlo. Solo se llevaban cuatro años de diferencia; sin embargo, en esa reunión parecía como si el Libertador de Chile hubiese caminado un siglo más que el venezolano.</p>
<p>–General, espero que esté usted consciente del desafío que tiene por delante –le dijo San Martín al despedirse.</p>
<p>–El que tenemos, amigo, el que tenemos –respondió Bolívar.</p>
<p>–No, general, yo ya no más. Mi salida del Perú está decidida, y ahora le queda a usted un nuevo campo de gloria en el que podrá poner el último sello a la libertad de América.</p>
<p>“San Martín se va derrotado, pero mostrando toda la generosidad y ni una gota de egoísmo”, dice el autor. La novela presenta las dos versiones de la reunión: la que dio Bolívar casi recién se llevó a cabo la cita, y la que dio San Martín, muchos años después, cuando ya vivía en Francia. En casi todo coinciden, excepto en un detalle fundamental: Bolívar omite contarle al general Francisco de Paula Santander que San Martín se ofreció a bajar su grado e ir bajo sus órdenes si emprendían juntos las batallas. ¿Qué habría pasado si todo eso se hubiese sabido?</p>
<p>San Martín le dejó la gloria.</p>
<p>Y, en efecto, Bolívar la tomó.</p>
<p>Pero no tardó mucho en verse rodeado de traiciones, de convulsiones políticas, de desengaño. No tardó, al final, ya enfermo de tuberculosis y alejado del poder que tanto quiso, en darse cuenta de que San Martín tenía razón.</p>
<p>Tragedias reunidas</p>
<p>Para el historiador Juan Esteban Constaín, el mayor aporte de esta novela es que narra las dos tragedias reunidas -la de San Martín y la de Bolívar- y muestra cómo cada uno termina por añorar el destino del otro.</p>
<p>Mejor mirar al pasado</p>
<p>Luego de dirigir medios como ‘Semana’ y ‘Cambio’, Mauricio Vargas está feliz escribiendo novelas históricas. “El presente se vuelve aburrido cuando uno descubre que todo ya había pasado una o varias veces”, dice. Al contrario del periodismo, la historia no lo decepciona.</p>
<p>María Paulina Ortiz<br />
Redacción EL TIEMPO</p>
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		<title>Discurso del Bicentenario</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Mar 2011 19:38:43 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Señor Presidente Juan Manuel Santos
María Cecilia Donado, alta consejera para el Bicentenario
Amigo Francesc Solé, presidente de Planeta
Juan Carlos Torres, brillante compilador de este libro
Amigos autores aquí presentes
Contertulios de esta noche:

No creo equivocarme, ni pecar de excesivo optimismo, si les digo que la celebración del Bicentenario, aún si es discutible llevarla a cabo en este año [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Señor Presidente Juan Manuel Santos<br />
María Cecilia Donado, alta consejera para el Bicentenario<br />
Amigo Francesc Solé, presidente de Planeta<br />
Juan Carlos Torres, brillante compilador de este libro<br />
Amigos autores aquí presentes<br />
Contertulios de esta noche:<br />
</em><br />
No creo equivocarme, ni pecar de excesivo optimismo, si les digo que la celebración del Bicentenario, aún si es discutible llevarla a cabo en este año que casi termina, ha cobrado ya su primer triunfo: poner a muchos, a muchísimos colombianos a reflexionar sobre su historia, sobre su pasado,lo que equivale, casi siempre, a una reflexión sobre el presente y a una interrogación sobre el futuro.</p>
<p>Y no me refiero sólo a los historiadores, que en este volumen que presentamos hoy nos abren un inmenso y riquísimo abanico de opciones de reflexión. Hablo de los medios de comunicación, otrora resistentes a los asuntos de la historia, y que han terminado por entusiasmarse con el tema, lo mismo con la publicación de textos de expertos que despiertan el debate académico, que con telenovelas, controvertidas pero a mi modo de ver muy valiosas en tanto que llevan la discusión a la casa, a que se desarrolle en familia, entre amigos.</p>
<p>Los novelistas hemos puesto nuestro grano de arena. Y, al menos en mi caso, espero seguir por esa ruta. Después de haber dejado atrás al Mariscal Sucre –aunque nunca del todo, lo confieso, porque se trata de un personaje imposible de abandonar- llevo un par de años empeñado en descifrar los misterios de la entrevista de Guayaquil, única cumbre entre los dos más grandes de la Independencia suramericana, Simón Bolívar y José de San Martín. Me refiero a la cumbre misma y, más aún, a la metáfora que significa. Pero basta de cuñas, que apenas estoy arrancando a escribir y al libro le quedan muchos meses de labor.</p>
<p>Por cuenta del Mariscal, he navegado por casi una década en las aguas tormentosas de estos años maravillosos, desde antes del año 10, hasta bien entrado el siglo XIX. Eso me permite asumir como propia la frase de Rodolfo Segovia, encargado de abrir plaza en este libro, cuando afirma que “la Independencia agarró a los actores sin proyecto político”. La asumo como propia pero me aventuro con una pregunta más provocadora: ¿querían esos actores la Independencia?</p>
<p>A excepción de Francisco de Miranda, que vio tan claro y tan temprano que muy pocos lo comprendieron, y de un joven Simón Bolívar que gustaba de provocar a sus invitados con brindis independentistas el día de su cumpleaños, o rarísimos casos como el del cura de Mompox, Juan Fernández de Sotomayor, quien según nos lo cuenta en este libro, Javier Ocampo López, adoptó desde el primer momento la palabra Independencia en su discurso, la inmensa mayoría de los líderes criollos jamás pensaron, en 1810, en llegar tan lejos. O, en todo caso, albergaban serias dudas sobre el destino de la rebelión.</p>
<p>Una rebelión que, bueno es recordarlo, tuvo mucho más el sello del levantamiento contra los poderes coloniales que se habían avenido a aceptar la caída del Rey –la doble abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando- y su reemplazo por José Bonaparte, que el de un levantamiento contra la corona española.</p>
<p>Como sugiere Mauricio Nieto, otro de los autores de este volumen a 50 manos, más que una ruptura con la península, lo que muchos líderes criollos del año 10 buscaban era que la península los reconociera como españoles de primera y no de segunda.</p>
<p>Sería un error juzgar como egoísta o clasista esta actitud. Era apenas explicable frente a las circunstancias del momento, cuando la invasión napoleónica de la península llenó de incertidumbre no sólo a los españoles ibéricos, que la vivían en carne propia, sino a los españoles americanos –como muchos criollos deseaban ser llamados- que recibían las perturbadoras noticias a cuenta gotas y se preguntaban, con explicable temor, a quién escoger entre un Rey decadente y uno invasor y de poco encopetado origen corso.</p>
<p>Baste mencionar que la junta que se formó en Caracas en abril del año 10, se autoproclamó “restauradora de los derechos de don Fernando VII”, un apelativo muy poco revolucionario, valga decirlo. Por eso, porque el discurso del año 10 sólo en casos muy excepcionales lanzó al vuelo la palabra Independencia, he cuestionado a lo largo de todo el año que ya casi termina, que hablemos del Bicentenario de una Independencia que, exactamente hace 200 años, muy pocos entre los líderes criollos preconizaban o siquiera vislumbraban.</p>
<p>El tema predominante, si se quiere, era más bien la igualdad, como acertadamente lo plantea Pablo Rodríguez Jiménez en el capítulo sobre el Memorial de Agravios. Una igualdad que, para ese entonces, estaba pensada más bien entre hombres blancos, entre españoles europeos y españoles americanos, los blancos de calidad, para usar la expresión tan socorrida en ese entonces. Faltaba mucho para que ese concepto, el de la igualdad, les abriera las puertas a otros grupos sociales y raciales.</p>
<p>Pero, repito, eso no les quita un gramo de su valor a los osados impulsores de los diferentes levantamientos que se dieron, desde México hasta el Río de la Plata, a lo largo del año 10, e incluso algunos, los madrugadores, en el año 9. “Ninguna cosa es grande al nacer”. Ya lo decía don Joaquín Camacho en esos tiempos, a propósito del alzamiento de Pamplona.</p>
<p>De hecho, esto no sólo ocurrió en la América hispana. Anthony McFarlane, otro de los lúcidos ensayistas de este libro, encuentra grandes diferencias entre la revolución que dio origen a los Estados Unidos, y las nuestras. Pero allí donde encuentra gran similitud es en las aspiraciones del liderazgo de los Franklin, los Jefferson y los Adams, y las de los líderes criollos. Todos querían los mismos derechos que los blancos europeos, en materia política y, sobre todo, en materia comercial.</p>
<p>Nada muy distinto, como nos lo muestra Alonso Valencia Llano, a lo que deseaban los adelantados blancos de Quito, los que protagonizaron el levantamiento de agosto de 1809, casi todos marqueses, el de Selva Alegre, el de Villaorellana, el de Miraflores, que se hartaron del virrey y de las trabas impuestas al desarrollo de sus negocios agrícolas y comerciales,todo en medio de una grave crisis económica ahondada por las guerras europeas.</p>
<p>La inquietud de los líderes criollos por sus intereses económicos, no sólo despertó buena parte de la agitación, sino que explica los levantamientos en varias ciudades medianas y pequeñas, que se unieron a la moda de constituir juntas autónomas. Es una de las conclusiones que resulta de leer a Armando Martínez-Garnica en su ensayo sobre la primera república neogranadina: esas revueltas tuvieron el propósito no sólo de tomar distancia del régimen peninsular en manos de Napoléon, sino del régimen virreinal de Santafe, cuyo centralismo afectaba la marcha de sus negocios.</p>
<p>En pocas regiones puede verse con más claridad la importancia de valorar las particularidades locales como en Pasto y sus alrededores, un tema que analiza con lucidez Jairo Gutiérrez Ramos. Sus líderes, de una acentuada formación religiosa que se extendía, y de manera fanática, a los aguerridos indios patianos que trabajaban para ellos, sentían que vivían bajo el triple yugo de lo que les imponían, de un lado Quito, de otro lado Cali y Popayán, y más lejos, la propia Santafe. No era el poder peninsular el que recelaban, y eso quizás explique que los criollos pastusos y su casi inderrotable base de guerrilleros patianos, hayan resistido del lado del Rey y contra los patriotas, hasta bien entrada la tercera década del siglo XIX.</p>
<p>Con Santa Marta ocurría algo similar. Como lo muestra Steinar A.Saether, su resistencia iba dirigida sobre todo al poder de Cartagena, y por eso tal vez, y porque el temperamento de sus gentes era definitivamente más conciliador que el de los pastusos, llegada la hora de los levantamientos del año 10, sus líderes quisieron armonizar sus relaciones con la península, pero sin confrontar a los revolucionarios de Cartagena y Santafe.</p>
<p>Las regiones -es bueno recordarlo- estaban lejos de haberse constituido como zonas homogéneas. El que tenga dudas al respecto las despejará leyendo a Alina Helg. Había recelos entre ciudades y desconfianza y rencores acumulados entre las distintas clases sociales, como quedaría en evidencia en las luchas internas entre los criollos de Cartagena, justo antes de que asomara, por encima de las murallas, la aterradora armada de Morillo.</p>
<p>Fueron Morillo y el salvajismo represor de la Reconquista, los que resolvieron buena parte de esas divisiones, al menos por el tiempo suficiente para que los patriotas ganaran la guerra años más tarde, del mismo modo que fue por la actitud intransigente y ciega del Rey Fernando VII al volver al trono y desconocer la Constitución de Cádiz y cualquier concesión, por mínima que fuera, a los españoles americanos, que estos terminaron por asumir que eran sólo americanos y por decantarse por la Independencia.</p>
<p>Pero eso, repito, fue varios años después de 1810.</p>
<p>Pocos historiadores europeos han entendido mejor estos años que Clément Thibaud. Con su agudeza de siempre, explica cómo, en la segunda década del siglo XIX en estas tierras, hubo primero una guerra civil que reflejaba, de cierto modo, la que vivía la península española en esos momentos de convulsión, y sólo después, con el retorno del Rey al trono, una guerra anticolonial. Esa doble guerra entre liberales y absolutistas, librada a la vez a ambos lados del océano, es explorada de manera perspicaz por Juan Marchena Fernández en un capítulo que enriquece mucho este libro.</p>
<p>Pero volvamos a Thibaud. Pocos debates internos entre los líderes criollos confirman de mejor manera la falta de libreto que los aquejaba, que aquél, hondamente estudiado por Thibaud, y que protagonizaron los congresistas de Caracas sobre la formación de un ejército para defender la primera república. La confusión en las prioridades del momento llevó a algunos dirigentes, ebrios de revolucionarismo francés, a oponerse a la organización de un ejército para enfrentar a los realistas. El ejército, decían ellos, era el símbolo por excelencia del poder absolutista, su brazo armado y, por ende, el enemigo de la libertad. A cambio, proponían unas milicias bisoñas que fueron las que le entregaron al generalísimo Miranda, condenándolo a las derrotas que marcarían su desgracia y el fin de la primera república en la antigua Capitanía de Venezuela.</p>
<p>Después de la reconquista de Morillo, parecería que la lección quedó aprendida, a un enorme costo en vidas en Venezuela, y también en la Nueva Granada. El binomio Bolívar-Santander pudo por fin construir un Ejército Libertador que mereciera ese nombre, y que estaba llamado no sólo a independizar a estas dos regiones, sino también a Quito, Guayaquil, el Perú y el Alto Perú.</p>
<p>Pero esto no debe hacernos olvidar el paso a paso, como dirían los cocineros. Los líderes criollos no hicieron la guerra para alcanzar los objetivos independentistas trazados desde un principio. De hecho, esos objetivos apenas asomaron en el año 12. Los líderes criollos fueron empujados a la guerra por la indiferencia de una península que apenas tenía cabeza para enfrentar su propia guerra, y luego por la intransigencia de un monarca restaurado que firmaba sus reales decretos entre las sábanas revueltas y las nalgas de sus favoritas del burdel de Pepa La Malagueña.</p>
<p>A ambos lados del Atlántico, la clave estaba en el debate sobre la  soberanía, que debía residir en la Nación, es decir, en los blancos, como  queda claro en el brillante texto de David Bushnell -a quien extrañamos  todos los días- sobre el sufragio en los albores de la República, donde el  voto no era universal sino social y racialmente limitado.</p>
<p>Prueba de esa visión blanca de la rebelión que luego condujo a la  Independencia, es que 200 años después, siguen siendo escasos los  estudios de los historiadores y el reconocimiento del papel jugado  por los esclavos negros o por la población indígena. Y eso que, en  algunos casos, esos grupos sociales hicieron las veces de precursores al  protagonizar levantamientos contra el poder colonial, décadas antes de la  Independencia. En esa medida, el aporte de Weildler Guerra Curvela en  este libro, es revelador y apasionante.</p>
<p>Esto fue un proceso dialéctico, una dinámica de acciones y reacciones,  de rupturas y reacomodos. Esclarecedor resulta en este punto el texto de  Víctor Manuel Uribe-Urán, con el sugestivo título de “¿Quiénes pensaron  la República?”, donde retoma entre otras las tesis del siempre provocador  Francois-Xavier Guerra, sobre la falta de un plan preconcebido, aún si  algunos precursores vislumbraron, más bien por vía de excepción, lo que  se avecinaba.</p>
<p>No hubo nunca un plan preconcebido pero si un sentimiento, el que  había notado el barón de Humboldt, quien desde inicios del siglo se había  percatado de que algunos criollos comenzaban a sentirse orgullosos de  ser llamados americanos: Este es un filón que explora Georges Lomné, en el ensayo en el que sigue los pasos del proceso que llevó a los criollos  de hablar de sus lazos con la madre patria, a sentir que, en buena medida  por sus intereses de negocios, tenían que romper las cadenas que los  ataban a ella.</p>
<p>Y ya que hablamos de intereses económicos, nada más pertinente que  el ensayo de Adolfo Meisel Roca sobre quién gano y quién perdió con la  Independencia, un balance de costos y beneficios que puede resumirse  en que los costos se sintieron de inmediato, con la guerra misma, y los  beneficios tardaron en llegar, pero sin duda llegaron, más en el siglo XX  que en el propio siglo XIX. Gustavo Bell profundiza ese análisis, centrado  en la costa Caribe, donde Cartagena, gran privilegiada en el período  colonial, fue clara perdedora y, con el tiempo, Barranquilla, Santa Marta  y Riohacha, resultaron ganadoras.</p>
<p>Mi gran amiga venezolana Inés Quintero, curtida como pocos en la  investigación de la Independencia, aborda el balance social de ese gran  cambio. Aunque muchas de las diferencias sociales se mantuvieron,  -alguien diría incluso que se profundizaron- Inés nos explica con  esa sencillez que caracteriza a los que saben de verdad, cómo la  Independencia y la posterior construcción de nuestras repúblicas, trajo  consigo un proceso, lento pero sostenido, de construcción de ciudadanía,  que sería, a la larga, la principal de las rupturas con el antiguo régimen.</p>
<p>Completa estas reflexiones el trabajo de Marixa Lasso, sobre los cambios  en las relaciones raciales tras la Independencia. “A veces vemos –dice con  lucidez- los ideales de la Independencia como algo trillado, casi obvio,  y no recordamos que en esa época no eran trillados ni obvios”. Marixa nos demuestra que, aunque lentamente y con innumerables tropiezos,  la Independencia despejó el camino hacia una sociedad racialmente  más abierta, más igualitaria, y que sentó las bases de la abolición de la  esclavitud, aún si al principio era sobre todo una rebelión de los blancos  criollos que buscaban la igualdad con los blancos peninsulares, sin querer  perder sus propios privilegios frente a los demás grupos raciales que ellos  explotaban.</p>
<p>Pero hay más, mucho más, incluso temas aún inexplorados o apenas  mencionados, como lo señala Javier Ortiz Cassiani, quien demuestra que  no hay, ni puede haber, una única versión, una manera única de mirar,  relatar y analizar nuestra historia, y pide que el Bicentenario sea “un  espacio y una ocasión totalmente abierta y plural”. Y cuánta razón tiene.  Debemos ser capaces de aprovechar las muchas formas, los muchos  enfoques, las diferencias y debates sobre la Independencia. Entre más  controversia mejor. Es la vacuna perfecta contra la historia oficial. Y el  mejor camino para aprovechar esta ocasión y construir, como lo propone  Ortiz Cassiani, “un discurso de la dignidad”.</p>
<p>En ese sentido, el texto de Felipe Fernández-Armesto es un excelente  punto de partida, cuando analiza la independencia colombiana en el  contexto internacional y nos hace ver que tuvo, para el mundo, mucha  más importancia que la que nosotros le damos, con eso que Fernández-  Armesto llama nuestra “predilección por la autocrítica, ese sentimiento  de haber experimentado una historia llena de fracasos y de temer un  futuro lleno de frustraciones”.</p>
<p>Ni historia oficial del éxito, ni catálogo de fracasos. Entre esos dos extremos reduccionistas, están las muchas verdades sobre la  Independencia, está la verdadera riqueza de una historia que sigue llena  de regiones vírgenes, de temas apenas tocados de manera tangencial.  Incluso para estudiar, como propone Virginia Guedea, a los perdedores, a  los que escogieron el bando realista y salieron derrotados.</p>
<p>Amigos autores del libro, contertulios de esta noche:</p>
<p>He ejercido el periodismo desde que tenía 19 años. He sido testigo, a  veces privilegiado, de 30 años especialmente desgarradores de nuestra  historia. Podría narrarlos desde la sangre, la muerte, los magnicidios, el  desplazamiento. Y sin duda, mis colegas y yo lo hemos hecho y lo debemos  seguir haciendo. Pero también podemos y debemos narrarlos desde el  valor, el coraje de quienes enfrentaron a los violentos, a los criminales, a  los terroristas de diferente cuño, de falsas excusas ideológicas para vestir  elegante sus sucios negocios de narcotráfico, extorsión y saqueo.</p>
<p>Lo mismo ocurre con la Independencia y con la República. Han sido,  como dice el ex presidente Álvaro Uribe en el epílogo, 200 años de  intentos sostenidos e irregulares por superar la violencia, pero también  por construir una democracia, sin duda llena de defectos y carencias,  pero democracia al fin. Una democracia que sólo seremos capaces de  mejorar si, para empezar, estudiamos mucho más y mucho mejor nuestra  historia y somos capaces, a diferencia de los líderes criollos del año 10, de  ponernos de acuerdo en los puntos básicos de un breve pero alcanzable  y sólido catálogo de propósitos nacionales a alcanzar en las décadas por  venir.</p>
<p>Me agradó descubrir que mi admirado Malcolm Deas comparte conmigo, y con otros muchos, las dudas sobre la pertinencia del año 10 como fecha  de conmemoración de la Independencia. Él se pregunta si no debíamos  esperar al año 19, el de Pisba, el pantano de Vargas y Boyacá, el del gran  ejército triunfante que construyeron entre Bolívar y Santander, en la  única y feliz ocasión en que actuaron en verdad unidos.</p>
<p>Mi propuesta es un poco diferente. No nos quedemos con las  celebraciones del año que termina. Tampoco esperemos hasta el año  19. Honremos todos esos años en que los líderes criollos aprendieron  cuál debía ser el camino mientras lo recorrían, con una conmemoración  reflexiva y de alta controversia, que dure al menos toda la década que  tenemos por delante.</p>
<p>Señor Presidente Juan Manuel Santos:</p>
<p>Que siga el Bicentenario, que siga la reflexión, que siga el debate, al  menos hasta el año 19: quien quita, señor Presidente, que a usted le  corresponda presidir estos festejos durante 8 de los 9 años que quedan.  Esto apenas comienza y, a juzgar por lo contenido en este libro, es mucho  más lo que queda por hacer que lo agotado.</p>
<p>Libremos, del año 10 al 19 e incluso más allá, hasta la muerte del  Libertador, hasta el asesinato del Mariscal Sucre, una nueva guerra de  Independencia, esta vez contra la ignorancia sobre nuestra historia que  es también la ignorancia sobre nuestro presente y la ceguera frente a  nuestro futuro. Lo invito, Señor Presidente, a que impulse una prórroga  de los festejos y, sobre todo, de las reflexiones sobre el Bicentenario, por el  bien de Colombia.</p>
<p>Muchas gracias.</p>
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		<title>El amanecer de un voceador</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Nov 2010 16:10:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>negrorobot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta historia de madrugada comienza varias horas antes de la medianoche. Aún en el mundo inusual de la fabricación y distribución de periódicos, esta no es una noche normal. Es sábado, llueve y un frío mojado se cuela entre los huesos y los músculos —no es eso lo extraordinario en este gélido 2010 de aguaceros [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Esta historia de madrugada comienza varias horas antes de la medianoche. Aún en el mundo inusual de la fabricación y distribución de periódicos, esta no es una noche normal. Es sábado, llueve y un frío mojado se cuela entre los huesos y los músculos —no es eso lo extraordinario en este gélido 2010 de aguaceros en serie y ventarrones polares—, mientras la tensión sube en la planta de impresión del diario El Tiempo, en la calle 26 de Bogotá. Dos enormes rotativas Goss de color naranja intenso, montadas en paralelo en la gigantesca nave del área de imprenta del periódico, devoran kilómetros de papel y litros de tinta como hambrientos monstruos prehistóricos que rugen con sus rodillos a plena velocidad y sacuden el piso con una onda ensordecedora de 85 decibelios, 20% por encima del límite aceptable para el oído humano.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-406" src="http://mauriciovargaslinares.com/wp-content/uploads/2010/11/Articulo-El-amanecer-de-un-voceador-Articulo-Impreso-300x204.jpg" alt="" width="300" height="204" /></p>
<p style="text-align: justify;">Lo de prehistóricos es casi cierto. En la era de los computadores que procesan textos, corrigen la ortografía y hasta hacen recomendaciones de sintaxis a su usuario; que editan y diseñan páginas, y casan a la perfección textos, fotos, infografías y anuncios comerciales, y que convierten esas páginas en detallada información digital que se transforma en planchas de zinc, toda la cibernética termina ahí. Las planchas de zinc —que contienen cada una una página— hay que montarlas sobre los cilindros de caucho de la rotativa, donde la tinta las mancha para que a su vez ellas manchen el papel.</p>
<p style="text-align: justify;">En la era de los periódicos legibles en iPad, Kindle y BlackBerry, el proceso mismo de imprimir los diarios en papel no ha cambiado de manera sustancial desde tiempos de Johannes Gutenberg, el herrero alemán del siglo XV que, con sus barbas que le llegaban al estómago y que no sé cómo nunca se le fueron bajo la prensa, hizo posible que las alegrías y tristezas, las ideas más brillantes y las más soberanas majaderías, las grandes verdades y las grandes mentiras estuvieran cada día al alcance de más humanos. Para bien o para mal, hay que decirlo, que ese no era asunto suyo.</p>
<p style="text-align: justify;">Y tampoco ha cambiado mucho la manera de llevar ese papel hecho páginas y cuerpos de páginas con tinta hasta donde los ansiosos lectores los esperan para, en muchas ocasiones y porque así anda este mundo, envenenar los huevos revueltos, las tostadas y el café con las bajezas de la humanidad. A un costado de los tiranosaurios-rotativa, una cadena de enormes clips pincha uno por uno cada cuerpo, y los conduce a otra gran bodega donde se acumulan y se juntan con otros cuerpos del diario para formar pesados bloques, que cinchas amarillas de plástico irrompible convierten en inseparables, de modo que puedan ser llevados, a hombro de operario, hasta los camiones repartidores que esperan en el parqueadero de la planta.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero decía que no era una noche normal. Primero es sábado —ya casi domingo— y, a diferencia del resto de noches de la semana, los sábados-casi-domingos las diferentes ediciones de El Tiempo están listas más temprano. Y esta vez aún más: Roberto Pombo, director del diario, quien hace 30 años lo mismo escribía reportajes en Olivetti portátiles a las que siempre se les trababan las teclas, que vendía ejemplares en la calle para ayudar a la causa de la inolvidable y contestataria revista Alternativa, ha ordenado adelantar la cronología del cierre para alcanzar a atrapar cualquier errata antes de que se vaya en camión, moto y bicicleta hasta la mesa de desayuno de los lectores. Como decía un viejo cascarrabias que conocí hace décadas: &#8220;En la primera página del periódico, lo único peor que una mala noticia es un error de ortografía&#8221;. Pombo, que también lo sabe, se toma los cuidados más extremos de Pombo.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-410" src="http://mauriciovargaslinares.com/wp-content/uploads/2010/11/Articulo-El-amanecer-de-un-voceador-Articulo-Impreso-1-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Y no es para menos. La edición que está a punto de salir a la calle es la primera del profundo rediseño, gráfico a la vez que conceptual, del mayor diario colombiano en casi un cuarto de siglo. Las tradicionales secciones en que se partía el impreso y que reflejaban la misma división del trabajo de la sala de redacción —Bogotá, nacional, política, economía, salud, deportes, sociales, etcétera— han sido reemplazadas por tres cuerpos que pretenden suplir las tres grandes necesidades de los lectores: lo que deben saber, lo que deben hacer y lo que deben leer, además del cuerpo de clasificados. Todo a full color y con un diseño tan ágil que por momentos quien abre sus páginas siente que está ante la web del diario, y no ante su edición impresa.</p>
<p style="text-align: justify;">Y esa es justamente la intención. &#8220;Más allá del debate sobre la supervivencia de los periódicos impresos —dice Pombo—, la verdad es que se están muriendo los que son incapaces de cambiar, de combinar los nuevos medios como internet y sus derivados como los teléfonos móviles, el iPad o el Kindle, con ediciones impresas hechas a la medida de los lectores y no de las salas de redacción&#8221;. En el bus de los supervivientes, de los exitosos, van los que sí han sido capaces de dar el salto. Y definitivamente Pombo quiere que El Tiempo viaje en ese bus.</p>
<p style="text-align: justify;">Disfrazado de repartidor, con todo y chaleco reflectivo —reflector, dice la Real Academia, pero en el mundo de los voceadores y repartidores todos dicen reflectivo—, he pasado la noche acompañando las noticias desde los computadores de la redacción hasta la máquina que escupe las planchas de zinc, y de ahí a las rotativas y a la bodega de empaque. Ahora es bastante más tarde en la frontera difusa que separa el sábado del domingo. Hemos entrado en ese tiempo tan inasible en la planta de producción de El Tiempo como en cualquier bar de la ciudad o en cualquier alcoba semioscura de amor pago o gratuito —más caro a veces que el pago—, y mi siguiente tarea es cargar uno de los bloques cinchados de periódicos recién nacidos, y con diseño de estreno, hasta el camioncito de contenedor de metal que lo distribuirá por un sector determinado de la capital.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que yo hago se repite ante filas de camioncitos en el mismo parqueadero, y en otras ciudades como Medellín, Cali y Barranquilla, adonde las páginas digitalizadas han llegado vía satélite para ser convertidas en planchas de zinc y en periódicos, en la descentralizada red de imprentas de El Tiempo. Pero al final, más allá de la ultra-tecnología, más allá incluso de las gigantescas Goss que todavía le rinden tributo a Gutenberg, hay una noche de camioncitos y paquetes de diarios cinchados que está a siglos luz de Bill Gates y Steve Jobs.</p>
<p style="text-align: justify;">Los camioncitos tienen dos posibles rutas de destino. Una son los centros de reparto a los voceadores, que arrancarán más tarde sus caminatas hasta las esquinas que les corresponden, pues la faena de los 4000 vendedores callejeros de El Tiempo empieza poco antes del amanecer. Son los habitantes de un mundo aparte, un planeta diferente dentro de nuestro planeta, un ejército de vendedores callejeros que desde tiempos hoy inmemoriales se han repartido las esquinas y, en muchos casos, las heredan de padre a hijo. Los más viejos, los que rondan los 60, salen a la calle con reflectivo, gorro y un termo de café, se llaman Pedro, Juan, José y Crisóstomo. Casi no hay mujeres. Los más jóvenes, los que rondan los 25 o 30, prefieren otras fachas. Ellos hacen parte de la generación W: Wilson, Wílmer, Willington y Wéimar, por vía de excepción, alguna Yasbleidy. Y aunque le jalan al tinto, a veces se las dan con un Gatorade o un Red Bull. Más jóvenes hay pocos, como si los sardinos se hubiesen creído el cuento de que los periódicos impresos se van a acabar y prefiriesen buscar suerte en otro oficio. La labor de los que siguen creyendo en los impresos es disciplinada, dedicada, comprometida: una oda al trabajo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ganan de 300.000 pesos para arriba en un mes. Algunos, los que dominan esquinas tan concurridas como la 77 con 7.ª, pueden hacerse más de medio millón. Pero como el oficio de vocear —ya no vocean, es cierto, ya no gritan los titulares de los periódicos, pero el título de voceador no se lo dejan quitar— solo les ocupa de 5:00 a 10:00 a.m., se completan el mes en un taller de mecánica o en una venta estacionaria de chicles y paquetes de De todito. A Pedro, de 48 años, le pregunto por el nuevo diseño: &#8220;A mí me gusta, mucho color, sí, señor, pero lo importante es lo que digan los clientes&#8221;, me responde, sensato como solo pueden serlo los verdaderos trabajadores.</p>
<p style="text-align: justify;">La otra ruta de destino son los suscriptores del diario, los que no tienen que salir al alba a buscar al voceador ni esperar a encontrárselo en el carro en algún semáforo, sino que saben que, aun antes de que amanezca, el periódico se habrá deslizado ya, con sus tintas todavía calientes, por debajo de la puerta de su casa para acompañar el desayuno o la primera visita al wáter que, bueno es recordarlo, es uno de los lugares predilectos de lectura de diarios en el mundo entero. Tan sólida es esa costumbre, que lo mismo la practican los usuarios de la edición impresa como los que se hacen acompañar al ritual solitario de liberar al cuerpo de sus sobras de alguno de los aparatos electrónicos móviles en boga. (Pero, ¡cuidado!, nada más triste que una BlackBerry en el fondo enturbiado del inodoro matinal.)</p>
<p style="text-align: justify;">Voy de copiloto —de pato, piensa el piloto— en el camión que avanza, esquivando huecos y avenidas en obra, por la Bogotá lluviosa donde la madrugada camina. El camión se detiene en la calle 63 con avenida Caracas, en la 72 con 17, en la 80 arriba de Los Héroes y en decenas de paradas más donde lo esperan ejércitos de motociclistas con sus recorridos asignados —son 980 en más de 300 ciudades del país; 570 solo en Bogotá— y que ellos conocen de memoria, tanto que podrían hacer el recorrido con los ojos vendados. He sido asignado a esa actividad de reparto y por fin entiendo para qué el reflectivo. Pero surge un problema: no sé manejar moto y en el puesto del parrillero que podría ocupar si alguno de los repartidores aceptara llevarme, van los periódicos, mucho más importantes que el sapo que quiere escribir esta aventura de madrugada. Fracasa la misión y el chaleco reflectivo se hace inútil. Igual, el conductor del camión me ofrece una solución.</p>
<p style="text-align: justify;">—Véngase conmigo —me dice—, que yo tengo que entregar media docena de paquetes en igual número de edificios en cercanías del parque del Chicó.</p>
<p style="text-align: justify;">Me libro de la moto, de los ventarrones helados y de la garúa insoportable que cubre la ciudad, y que se pondría peor si saliera a torearla en una AKT. Cumplimos el recorrido y en el último edificio, el fotógrafo de SoHo, que me ha seguido toda la noche, se nos une. Desciendo del camión, con mi reflectivo en su sitio. Camino hacia la puerta del lujoso condominio y el fotógrafo dispara varias veces su cámara. El celador abre el enorme portón de madera y yo estoy listo a posar en la escena amable del encuentro entre el repartidor y el hombre que se encargará de deslizar los diarios bajo la puerta de los apartamentos donde aún duermen, bailan, tiran o beben sus destinatarios. Pero no hay escena amable. Algún importante suscriptor vive allí y en la portería hay policía permanente. El patrullero Pérez no se anda con cortesías y de una nos emplaza al fotógrafo y a mí.</p>
<p style="text-align: justify;">—Señores, no es cosa de ir por las madrugadas sacando fotos por ahí.</p>
<p style="text-align: justify;">Le explico. Pero en cuestión de segundos comprendo que le importa un carajo el nuevo diseño de El Tiempo, la orden de trabajo del director de SoHo y todo el resto de la historia. Mejor nos vamos. Ahí quedan los periódicos y un policía molesto, que somete los ejemplares al examen riguroso de su pastor alemán antibombas. No insisto con mis argumentos. Cómo explicarle que esos periódicos traen a veces noticias más explosivas que el petardo que, si yo fuera un terrorista, habría colado entre las secciones del diario. Hasta luego, patrullero Pérez. Yo ya cumplí con mi misión de madrugada y prefiero irme a dormir en sana paz, que enfrentarme al rigor de la autoridad.</p>
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		<title>Diatriba contra el tinto y la greca</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 17:42:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>anamaria</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Soy tomador de café. Es lo primero que hago al levantarme y, hasta hace pocos años, cuando mis recurrentes sobregiros y la inminencia de los cincuenta aún no me habían dañado el sueño, era lo último que hacía antes de dormirme. Y no solo soy tomador de café. Soy preparador de esta bebida sin la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Soy tomador de café. Es lo primero que hago al levantarme y, hasta hace pocos años, cuando mis recurrentes sobregiros y la inminencia de los cincuenta aún no me habían dañado el sueño, era lo último que hacía antes de dormirme. Y no solo soy tomador de café. Soy preparador de esta bebida sin la cual no sería capaz de hablar, pensar ni escribir. Con los años, me he vuelto cada vez más lorudo con el café que compro y con la forma como lo preparo. Cosas de la edad y de la soltería del divorciado.</p>
<p style="text-align: justify;">Detesto el café instantáneo y por eso –salvo emergencias– casi nunca preparo café con los gránulos liofilizados que dejan lista la bebida con solo echarlos en una taza de agua caliente. Aun así, y repito que solo en casos de afán, para esos efectos tengo siempre un frasco del café que la marca Buendía de la Federación de Cafeteros tiene en esa presentación. Si hay que recurrir a ese mal, que sea con el menos malo.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo normal, al levantarme, es poner a calentar un litro de agua en una tetera de esas que pitan cuando el agua hierve. Mientras tanto, alisto mi cafetera de émbolo –la que se inventaron los franceses– que solo lavo con agua caliente –cualquier jabón está prohibido– y vierto en ella tres cucharadas de alguno de los cafés especiales de Juan Valdez. El Nariño es de primera, el Guajira también y ahora me he entusiasmado con el Amazonas. Esto, claro, mientras converso solo, pues el soliloquio matinal es tan importante para el soltero como el café. Hago cosas tan ridículas como contar las cucharadas, “una, dos, tres”, en voz alta, y saludar el pito de la tetera con un “ahí viene el tren” antes de apagar el fogón y levantarle la válvula para que deje de sonar.</p>
<p style="text-align: justify;">Una recomendación adicional es que muelan el café en su propia casa antes de prepararlo y mientras la tetera del agua comienza a pitar. Si les da pereza, pídanle al dependiente de la tienda que les muela el café lo más grueso posible, pues ése es el requisito para que la cafetera de émbolo funcione bien. Si no lo hacen, corren el riesgo de tener un café con exceso de cuncho –concho, dice en su rigor la Real Academia–, ese depósito horroroso que tanto daña el sabor de un buen café, porque el filtro del émbolo deja pasar el café no disuelto, base del cuncho, si el grano ha sido molido muy fino.</p>
<p style="text-align: justify;">En las cafeterías y restaurantes, prefiero el espresso, uno antes y otro después del almuerzo. El de sobremesa me gusta acompañarlo con un whisky seco, pero en su propia copa y por separado, de modo que sean café y whisky juntos, pero no revueltos. En la casa no me atrevo, pues donde le meta a mi escritura matinal una fila de espressos, y aún peor, con whisky, termino más loco que mi amigo Efraim Medina.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero antes, mucho antes de que me diera por desahogar la neura por la vía de la preparación de café –y otras muchas mañas inconfesables de divorciado–, fui tomador de tinto, ese invento perverso que la industria cafetera colombiana ideó para sus compatriotas con el fin de que nos tomáramos la escoria de nuestro producto nacional, mientras los mejores cafés de nuestras montañas eran la joya de las mezclas en Alemania, Estados Unidos, Japón y medio planeta más.</p>
<p style="text-align: justify;">El tinto es esa agua horrible, más o menos clara según si el cliente lo quiere suave o cargado, mezclada en algunas regiones con panela, que sirven en tantas tiendas de barrio viejo o de pueblo, y en tantos cafés del centro de nuestras ciudades, al lado de las residencias de mala muerte y de las compraventas. Y también en las oficinas, pues no hay despacho público o privado en Colombia que no tenga un rincón bien acogedor para la greca, al lado del trapero y el balde, y de la caneca de la basura. Al tinto se le distingue por su inconfundible sabor a trapo sucio y un aroma a sifón tapado capaz de hacer sangrar la nariz de un trabajador del alcantarillado.</p>
<p style="text-align: justify;">El tinto es, a no dudarlo, un hijo de la gran puta. Pero no lo digo como insulto, sino como mera descripción. La gran puta es la greca, esa aparatosa máquina de acero brillante que por décadas ha presidido tiendas, oficinas y cafés de nuestro atribulado país. Es un monstruo cilíndrico con pinta de nave espacial de los desaparecidos cómics –o paquitos, como les dicen en Barranquilla– de Buck Rogers. Pero ha hecho mucho más daño.</p>
<p style="text-align: justify;">La receta típica de preparación del tinto de greca, si de garantizarle su sabor a limpión se trata, comienza temprano en la mañana, cuando el encargado de hacer el café en el local u oficina lava la greca (ojalá con detergente) y luego la seca con un limpión usado la víspera para limpiar el mugre del mesón y del lavaplatos. Pone el café en el filtro de tela, echa el agua en el depósito y una vez la bebida queda lista, la deja en eterno recalentamiento durante toda la mañana. Cuando se acaba la reserva, prepara una nueva tanda tras retirar, aunque no del todo, los restos del café que quedaron en el filtro. La operación se repite y esa segunda tanda, recalentada hora tras hora, alcanza el aroma y el sabor excelsos del tinto filtrado con los residuos apestosos del café de la mañana.</p>
<p style="text-align: justify;">El que siga los anteriores pasos puede estar seguro de que obtendrá, en esa segunda tanda, el tinto más tinto de todos los tintos, el que contiene, les garantizo, la textura, el olor y el gusto del agua que queda en el platón donde las abuelas ponían los calzoncillos bvd blancos de los abuelos para que se aclararan con Decol.</p>
<p style="text-align: justify;">Con semejante resultado, no es de extrañar que, después de tres tintos de estos, el cliente de turno en el café del centro o en la tienda de la plaza del pueblo sacara el machete a la primera pesadez de su contertulio, hasta tasajearle los cachetes y dejarle un brazo a medio colgar. Los gobernantes de los años cuarenta le atribuyeron esta agresividad al consumo de la chicha, y por eso les hicieron el favor a unos inversionistas alemanes de promover en el país la fabricación y venta de cerveza. Pero estaban equivocados. La culpa era del tinto.</p>
<p style="text-align: justify;">Los violentólogos, que se pusieron de moda tres décadas más tarde, fueron más finos. Hablaron de la tenencia de la tierra en pocas y muy oligárquicas manos, de la exclusión política que significó la dictadura bipartidista del Frente Nacional y, finalmente, de la necesidad de los grupos armados de mantener zonas de producción y corredores de exportación para la cocaína, como causas de nuestra inveterada violencia. Otros, más psicólogos que sociólogos, atribuyeron nuestras manías asesinas a una cultura de la violencia, algo así como un adn maldito del conjunto de nuestra sociedad.</p>
<p style="text-align: justify;">El debate no ha concluido, pero yo creo que le falta un ingrediente. Y advierto que no lo considero menor: la greca y su hijo (ya calificado líneas antes) el tinto. No sé si esta pareja perversa ha sido causa o catalizador de tanta muerte. Pero estoy seguro de que, en más de una ocasión, los jefes paramilitares repartían tinto de greca entre su tropa antes de salir a masacrar un pueblo, cosa de dañarles, a la vez, el alma y el estómago. Así de grave es la cosa. Por eso, la próxima vez que a los congresistas, o al constituyente primario tan de moda, les dé por introducir cambios a la Constitución, sugiero uno: prohibir, en todo el territorio nacional y para siempre, las grecas y su producto maldito, el tinto. Será una sin igual contribución a la salud y, cómo no, a la paz.</p>
<p>Publicado en Revista Malpensante Edición Noº 10- , Marzo de 2010</p>
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		<title>Una mentira de 200 años</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 16:23:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>anamaria</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Fuimos al colegio a escuchar mentiras. Nos las repitieron una tras otra y, peor aún, las aprendimos. Que Cristóbal Colón descubrió América cuando en realidad el almirante genovés creía haber llegado a la India. Que los caballos de los conquistadores eran briosos corceles, cuando lo cierto es que una vez culminaban la tormentosa travesía del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Fuimos al colegio a escuchar mentiras. Nos las repitieron una tras otra y, peor aún, las aprendimos. Que Cristóbal Colón descubrió América cuando en realidad el almirante genovés creía haber llegado a la India. Que los caballos de los conquistadores eran briosos corceles, cuando lo cierto es que una vez culminaban la tormentosa travesía del Atlántico, apenas eran rocines mareados y enfermos que soportaban con dificultad las enfermedades tropicales. Que los indios -que no lo eran, pues no eran de la India, pero un error conduce a otro, ya se sabe- les indicaron a los recién llegados la ruta de El Dorado, cuando la verdad es que siempre les decían que las grandes fuentes de oro estaban más al sur, con el único fin de que dejaran de pasarse a sus mujeres por las armas y se largaran lejos.</p>
<p>Las mentiras sobre la Conquista se repiten con la Colonia. Que fue una era de orden y progreso, cuando resulta que muchos de los virreyes y capitanes generales -como aquel famoso Urrutia, de Venezuela- madrugaban a escoger con un catalejo, desde el balcón de la casa de gobierno, a la mujer que se iban a aplicar ese día, para mencionar apenas el más lúbrico de los abusos que cometían estos tiranuelos que tantas enseñanzas les dejaron a los gobernantes que seguimos soportando en nuestras tierras.</p>
<p>Y claro, la Independencia no podría ser la excepción. Por doquier en lo que fuera la América española, estamos celebrando este año dos siglos de los levantamientos que, un mes tras otro en aquel confuso 1810, se produjeron de Buenos Aires a Ciudad de México, pasando por Caracas, Santa Fe, Quito y Chuquisaca. Por doquier se multiplican los desfiles conmemorativos, los discursos y las comisiones gubernamentales para festejar 200 años de Independencia. Hay separatas en los periódicos, plagadas de viñetas sepias, tal falsamente coloreadas como los relatos con que pretenden descrestar a los incautos.</p>
<p>Pero todo es mentira. El año 10, el tantas veces cantado y glorificado año de 1810, no marcó la ruptura de las cadenas que ataban a las colonias americanas al poder de los Borbones. Fue más bien al contrario. España -bueno es recordarlo- estaba invadida por Napoleón, quien había humillado a los borrachos, putañeros y comilones reyes Carlos IV y Fernando VII -padre e hijo que se peleaban el trono- y en su lugar había instalado a otro de su misma especie pero con menos alcurnia, su hermano José Bonaparte, mejor conocido como Pepe Botellas.</p>
<p>Cuando el poder napoléonico se impuso, casi todos los virreyes, capitanes generales, presidentes de las reales audiencias y gobernadores, que ejercían su poder en la inmensidad de la América hispana, se sometieron a él. Y los criollos, que estaban mamados -eso es verdad- de los abusos en materia de comercio y otros negocios de los enviados de la Corona española, dijeron basta, pero no por un nuevo impuesto, no por una nueva prohibición, no por un nuevo exabrupto.</p>
<p>Dijeron basta porque estos criollos, que se sentían tan nobles y tan blancos de calidad como los españoles que les daban por donde sabemos, estaban dispuestos a soportar que unos de su misma clase les hicieran eso, pero no a que semejante sometimiento les fuera impuesto por unos corsos plebeyos y venidos a más, que habían usurpado los tronos de Francia y de España.</p>
<p>Ellos querían al rey Fernando, con todo y sus vicios, no importa que firmara sus reales decretos sobre las nalgas de las prostitutas del antro de Pepa la Malagueña, pues al fin y al cabo tenía sangre azul y un mandato divino para someter a estas tierras. Por eso, los alzados del 20 de julio en la plaza de Santa Fe gritaban convencidos &#8220;Viva el Rey y abajo el mal gobierno&#8221;, viva el Borbón y abajo Pepe Botellas y el virrey que lo representa. Y en Caracas, la junta que se hizo con el poder en abril del mismo 1810, asumió el poco republicano título de Junta Suprema Conservadora de los Derechos de don Fernando VII. ¡Menudo nombre para una junta revolucionaria!</p>
<p>De modo que en 1810 no hubo revolución, ni declaración de Independencia, ni nada por el estilo. Hubo sí, una serie de revueltas contra Napoleón, y a favor del rey Fernando. El mismo que cuando volvió al trono poco después, desconoció cualquier concesión a los americanos que tan leales le habían sido y, ahí sí, activó la guerra de Independencia. Fue él, mucho más que los criollos de 1810, el gran impulsor de la liberación de sus colonias en América.</p>
<p>Pero lo fue de puro bruto. Aun así, deberíamos reconocérselo y levantarle un monumento tras otro porque es a él, sobre todo, a quien le debemos la Independencia. Lo demás es tan falso como nuestro escudo, con el istmo que ya perdimos, los cuernos de la abundancia que no hemos visto y el gorro frigio de una libertad tan relativa como la historia que nos cuentan sobre cómo la conseguimos.</p>
<p>Publicado en Revista Don Juan, 7 de julio de 2010</p>
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		<title>A veces detesto a Mauricio Vargas</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jun 2010 22:15:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>anamaria</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Comprometo las horas que decidí dedicar a lo que quiero hacer el resto de mi vida, en cosas que hace rato decidí no volver a hacer. Llego a un restaurante que me gusta, digamos Tábula, sobre la calle que bordea por el norte el Museo Nacional en Bogotá. Voy pensando en un fino bien helado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Comprometo las horas que decidí dedicar a lo que quiero hacer el resto de mi vida, en cosas que hace rato decidí no volver a hacer. Llego a un restaurante que me gusta, digamos Tábula, sobre la calle que bordea por el norte el Museo Nacional en Bogotá. Voy pensando en un fino bien helado para despertar el paladar, en los raviolones de gallina y en un buen bol de verdes con aceite de oliva y mucha pimienta, la mejor compañía imaginable para resolver algún dilema, si cambio de carro sin tener con qué, si esa plata que igual no tengo me la gasto en un viaje, si acepto dar una conferencia sobre un tema que desconozco -eso ayudaría con las cuentas-, qué demonios voy a escribir en mi próxima columna o cómo rematar el tercer capítulo de mi nueva novela.</p>
<p style="text-align: justify;">Dilemas cotidianos de un hombre al borde de los 50, que no tiene su futuro asegurado.</p>
<p style="text-align: justify;">Y a pesar del enredo en la cabeza, llego feliz al restaurante porque allí voy a disfrutar hora y media con mi dilema como único acompañante. Escojo una mesa en el rincón más apartado, me froto las manos de la dicha y me siento de espaldas al salón. Una sombra asoma sobre mi hombro. Pienso en el mesero y en el fino que le voy a pedir. &#8220;Hola Vargas, por qué tan solo, venga y se sienta en nuestra mesa&#8221;, dice un viejo conocido que lleva veinte años esperando que lo nombren ministro. &#8220;Espero a alguien&#8221;, miento.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Por eso, mientras le llega la compañía&#8221;, responde. Comprendo que metí los guayos hasta la rodilla y termino en la mesa equivocada, con la gente equivocada, tomando un vino que no me gusta. &#8220;Vargas, lo dejaron metido&#8221;, se ríe el muy cabrón y acerca su copa para que brindemos. Entonces detesto a Mauricio Vargas.</p>
<p style="text-align: justify;">Son las siete de la mañana. Acabo de sentarme a escribir, como todos los días a primera hora. Suena el celular. En la pantalla, un número que no identifico. No contesto. El llamador insiste. No contesto. Suena otra vez. Me preocupo y contesto. Antes de escuchar la voz al otro lado, ya sé que me llevé por delante la mañana. &#8220;¿Hablo con el señor Mauricio Vargas?&#8221;, pregunta. &#8220;Sí&#8221;, le digo. Por qué no le respondí que no, que Mauricio Vargas se fue al Mundial de Suráfrica o, mejor, que se murió, ¿no sabía, señorita? &#8220;Es de parte de la compañía como-se-llame, para hacerle una breve encuesta sobre la calidad de nuestros productos&#8221;. La breve encuesta dura 40 minutos y mi próxima novela suma un atraso adicional: los call-center me han cogido de pendejo este mes. Me detesto. Va siendo hora de comunicarle a mi editor en Planeta que necesito nuevo plazo de entrega.</p>
<p style="text-align: justify;">Y hay mucho más. Me detesto cuando me estoy poniendo la corbata un lunes en la noche, con lluvia y trancones, obligado a afrontar el bomper-contra-bomper de la carrera once, para cumplirle a una relacionista pública que alguna vez -hace años- me invitó a Londres, y que me comprometió dos semanas atrás a una comida con un empresario paquistaní que quiere explicarnos a algunos periodistas las virtudes de un novedoso sistema de tarjetas pre-pago virtuales que piensa traer a Colombia.</p>
<p style="text-align: justify;">Me detesto cuando hago clic en el ícono del programa de power-point, porque me cogió la noche y al día siguiente tengo que dar una conferencia sobre drogadicción, alcoholismo y medios de comunicación, y su interacción con la juventud en las redes sociales de Internet -apasionante asunto- que el decano de alguna facultad de no sé qué carrera en no sé qué universidad me pidió hace un mes, y gratis, tú sabes, Mauricio, aquí en la U trabajamos con las uñas. Yo andaba con la guardia baja y acepté. Como si no supiera que esa U está mejor financiada que la de Juan Manuel Santos, que ya es mucho decir.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;¿Cómo?&#8221;, dice sorprendida la cajera del supermercado. &#8220;¿Don Mauricio no tiene tarjeta de cliente preferencial superplatinum clase A plus?&#8221;, agrega con sonrisa pícara. &#8220;Con todo lo que nos compra, estaría lleno de puntos&#8221;, prosigue antes de explicarme que con esos puntos me puedo quedar, por apenas 250.000 pesos, con una maleta de luxe, de lona impermeable, remaches gris plata, ruedas y manija de extensión ergonómica, y bolsa ziploc especial para líquidos, para que no me lo molesten en los aeropuertos, don Mauricio.</p>
<p style="text-align: justify;">Media hora después y tras llenar un formulario de tres páginas en que me preguntaron hasta mi tipo de sangre y si he sufrido alguna enfermedad infectocontagiosa, salgo del lugar con una tarjeta plástica más que termina de reventar mi billetera. Y sin la maleta, porque ahora tengo que acumular 5.000 puntos y encimarle al mercado 250.000 pesos, cómo no me quedo con esa maleta.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí, me detesto cuando no soy capaz de ser libre, cuando me dejó arrastrar como un cretino a situaciones que no quiero vivir, cuando comprometo las horas que he decidido dedicar a lo que quiero hacer el resto de mi vida, en cosas que hace rato decidí no volver a hacer hasta que me muera. ¿Por qué? No lo sé. Y en esta columna no voy a ser capaz de resolverlo. De hecho, tengo que dejarla hasta aquí. Suena el celular. Debe ser un call-center, o mi amiga relacionista que me invita a una comida con un empresario ucraniano que vende viajes a la Luna. Son las 8 y 40 y esta mañana ya se la llevó el demonio.</p>
<p style="text-align: justify;">Publicado en Revista Don Juan, 9 de junio de 2010</p>
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