Discurso del Bicentenario

Señor Presidente Juan Manuel Santos
María Cecilia Donado, alta consejera para el Bicentenario
Amigo Francesc Solé, presidente de Planeta
Juan Carlos Torres, brillante compilador de este libro
Amigos autores aquí presentes
Contertulios de esta noche:

No creo equivocarme, ni pecar de excesivo optimismo, si les digo que la celebración del Bicentenario, aún si es discutible llevarla a cabo en este año que casi termina, ha cobrado ya su primer triunfo: poner a muchos, a muchísimos colombianos a reflexionar sobre su historia, sobre su pasado,lo que equivale, casi siempre, a una reflexión sobre el presente y a una interrogación sobre el futuro.

Y no me refiero sólo a los historiadores, que en este volumen que presentamos hoy nos abren un inmenso y riquísimo abanico de opciones de reflexión. Hablo de los medios de comunicación, otrora resistentes a los asuntos de la historia, y que han terminado por entusiasmarse con el tema, lo mismo con la publicación de textos de expertos que despiertan el debate académico, que con telenovelas, controvertidas pero a mi modo de ver muy valiosas en tanto que llevan la discusión a la casa, a que se desarrolle en familia, entre amigos.

Los novelistas hemos puesto nuestro grano de arena. Y, al menos en mi caso, espero seguir por esa ruta. Después de haber dejado atrás al Mariscal Sucre –aunque nunca del todo, lo confieso, porque se trata de un personaje imposible de abandonar- llevo un par de años empeñado en descifrar los misterios de la entrevista de Guayaquil, única cumbre entre los dos más grandes de la Independencia suramericana, Simón Bolívar y José de San Martín. Me refiero a la cumbre misma y, más aún, a la metáfora que significa. Pero basta de cuñas, que apenas estoy arrancando a escribir y al libro le quedan muchos meses de labor.

Por cuenta del Mariscal, he navegado por casi una década en las aguas tormentosas de estos años maravillosos, desde antes del año 10, hasta bien entrado el siglo XIX. Eso me permite asumir como propia la frase de Rodolfo Segovia, encargado de abrir plaza en este libro, cuando afirma que “la Independencia agarró a los actores sin proyecto político”. La asumo como propia pero me aventuro con una pregunta más provocadora: ¿querían esos actores la Independencia?

A excepción de Francisco de Miranda, que vio tan claro y tan temprano que muy pocos lo comprendieron, y de un joven Simón Bolívar que gustaba de provocar a sus invitados con brindis independentistas el día de su cumpleaños, o rarísimos casos como el del cura de Mompox, Juan Fernández de Sotomayor, quien según nos lo cuenta en este libro, Javier Ocampo López, adoptó desde el primer momento la palabra Independencia en su discurso, la inmensa mayoría de los líderes criollos jamás pensaron, en 1810, en llegar tan lejos. O, en todo caso, albergaban serias dudas sobre el destino de la rebelión.

Una rebelión que, bueno es recordarlo, tuvo mucho más el sello del levantamiento contra los poderes coloniales que se habían avenido a aceptar la caída del Rey –la doble abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando- y su reemplazo por José Bonaparte, que el de un levantamiento contra la corona española.

Como sugiere Mauricio Nieto, otro de los autores de este volumen a 50 manos, más que una ruptura con la península, lo que muchos líderes criollos del año 10 buscaban era que la península los reconociera como españoles de primera y no de segunda.

Sería un error juzgar como egoísta o clasista esta actitud. Era apenas explicable frente a las circunstancias del momento, cuando la invasión napoleónica de la península llenó de incertidumbre no sólo a los españoles ibéricos, que la vivían en carne propia, sino a los españoles americanos –como muchos criollos deseaban ser llamados- que recibían las perturbadoras noticias a cuenta gotas y se preguntaban, con explicable temor, a quién escoger entre un Rey decadente y uno invasor y de poco encopetado origen corso.

Baste mencionar que la junta que se formó en Caracas en abril del año 10, se autoproclamó “restauradora de los derechos de don Fernando VII”, un apelativo muy poco revolucionario, valga decirlo. Por eso, porque el discurso del año 10 sólo en casos muy excepcionales lanzó al vuelo la palabra Independencia, he cuestionado a lo largo de todo el año que ya casi termina, que hablemos del Bicentenario de una Independencia que, exactamente hace 200 años, muy pocos entre los líderes criollos preconizaban o siquiera vislumbraban.

El tema predominante, si se quiere, era más bien la igualdad, como acertadamente lo plantea Pablo Rodríguez Jiménez en el capítulo sobre el Memorial de Agravios. Una igualdad que, para ese entonces, estaba pensada más bien entre hombres blancos, entre españoles europeos y españoles americanos, los blancos de calidad, para usar la expresión tan socorrida en ese entonces. Faltaba mucho para que ese concepto, el de la igualdad, les abriera las puertas a otros grupos sociales y raciales.

Pero, repito, eso no les quita un gramo de su valor a los osados impulsores de los diferentes levantamientos que se dieron, desde México hasta el Río de la Plata, a lo largo del año 10, e incluso algunos, los madrugadores, en el año 9. “Ninguna cosa es grande al nacer”. Ya lo decía don Joaquín Camacho en esos tiempos, a propósito del alzamiento de Pamplona.

De hecho, esto no sólo ocurrió en la América hispana. Anthony McFarlane, otro de los lúcidos ensayistas de este libro, encuentra grandes diferencias entre la revolución que dio origen a los Estados Unidos, y las nuestras. Pero allí donde encuentra gran similitud es en las aspiraciones del liderazgo de los Franklin, los Jefferson y los Adams, y las de los líderes criollos. Todos querían los mismos derechos que los blancos europeos, en materia política y, sobre todo, en materia comercial.

Nada muy distinto, como nos lo muestra Alonso Valencia Llano, a lo que deseaban los adelantados blancos de Quito, los que protagonizaron el levantamiento de agosto de 1809, casi todos marqueses, el de Selva Alegre, el de Villaorellana, el de Miraflores, que se hartaron del virrey y de las trabas impuestas al desarrollo de sus negocios agrícolas y comerciales,todo en medio de una grave crisis económica ahondada por las guerras europeas.

La inquietud de los líderes criollos por sus intereses económicos, no sólo despertó buena parte de la agitación, sino que explica los levantamientos en varias ciudades medianas y pequeñas, que se unieron a la moda de constituir juntas autónomas. Es una de las conclusiones que resulta de leer a Armando Martínez-Garnica en su ensayo sobre la primera república neogranadina: esas revueltas tuvieron el propósito no sólo de tomar distancia del régimen peninsular en manos de Napoléon, sino del régimen virreinal de Santafe, cuyo centralismo afectaba la marcha de sus negocios.

En pocas regiones puede verse con más claridad la importancia de valorar las particularidades locales como en Pasto y sus alrededores, un tema que analiza con lucidez Jairo Gutiérrez Ramos. Sus líderes, de una acentuada formación religiosa que se extendía, y de manera fanática, a los aguerridos indios patianos que trabajaban para ellos, sentían que vivían bajo el triple yugo de lo que les imponían, de un lado Quito, de otro lado Cali y Popayán, y más lejos, la propia Santafe. No era el poder peninsular el que recelaban, y eso quizás explique que los criollos pastusos y su casi inderrotable base de guerrilleros patianos, hayan resistido del lado del Rey y contra los patriotas, hasta bien entrada la tercera década del siglo XIX.

Con Santa Marta ocurría algo similar. Como lo muestra Steinar A.Saether, su resistencia iba dirigida sobre todo al poder de Cartagena, y por eso tal vez, y porque el temperamento de sus gentes era definitivamente más conciliador que el de los pastusos, llegada la hora de los levantamientos del año 10, sus líderes quisieron armonizar sus relaciones con la península, pero sin confrontar a los revolucionarios de Cartagena y Santafe.

Las regiones -es bueno recordarlo- estaban lejos de haberse constituido como zonas homogéneas. El que tenga dudas al respecto las despejará leyendo a Alina Helg. Había recelos entre ciudades y desconfianza y rencores acumulados entre las distintas clases sociales, como quedaría en evidencia en las luchas internas entre los criollos de Cartagena, justo antes de que asomara, por encima de las murallas, la aterradora armada de Morillo.

Fueron Morillo y el salvajismo represor de la Reconquista, los que resolvieron buena parte de esas divisiones, al menos por el tiempo suficiente para que los patriotas ganaran la guerra años más tarde, del mismo modo que fue por la actitud intransigente y ciega del Rey Fernando VII al volver al trono y desconocer la Constitución de Cádiz y cualquier concesión, por mínima que fuera, a los españoles americanos, que estos terminaron por asumir que eran sólo americanos y por decantarse por la Independencia.

Pero eso, repito, fue varios años después de 1810.

Pocos historiadores europeos han entendido mejor estos años que Clément Thibaud. Con su agudeza de siempre, explica cómo, en la segunda década del siglo XIX en estas tierras, hubo primero una guerra civil que reflejaba, de cierto modo, la que vivía la península española en esos momentos de convulsión, y sólo después, con el retorno del Rey al trono, una guerra anticolonial. Esa doble guerra entre liberales y absolutistas, librada a la vez a ambos lados del océano, es explorada de manera perspicaz por Juan Marchena Fernández en un capítulo que enriquece mucho este libro.

Pero volvamos a Thibaud. Pocos debates internos entre los líderes criollos confirman de mejor manera la falta de libreto que los aquejaba, que aquél, hondamente estudiado por Thibaud, y que protagonizaron los congresistas de Caracas sobre la formación de un ejército para defender la primera república. La confusión en las prioridades del momento llevó a algunos dirigentes, ebrios de revolucionarismo francés, a oponerse a la organización de un ejército para enfrentar a los realistas. El ejército, decían ellos, era el símbolo por excelencia del poder absolutista, su brazo armado y, por ende, el enemigo de la libertad. A cambio, proponían unas milicias bisoñas que fueron las que le entregaron al generalísimo Miranda, condenándolo a las derrotas que marcarían su desgracia y el fin de la primera república en la antigua Capitanía de Venezuela.

Después de la reconquista de Morillo, parecería que la lección quedó aprendida, a un enorme costo en vidas en Venezuela, y también en la Nueva Granada. El binomio Bolívar-Santander pudo por fin construir un Ejército Libertador que mereciera ese nombre, y que estaba llamado no sólo a independizar a estas dos regiones, sino también a Quito, Guayaquil, el Perú y el Alto Perú.

Pero esto no debe hacernos olvidar el paso a paso, como dirían los cocineros. Los líderes criollos no hicieron la guerra para alcanzar los objetivos independentistas trazados desde un principio. De hecho, esos objetivos apenas asomaron en el año 12. Los líderes criollos fueron empujados a la guerra por la indiferencia de una península que apenas tenía cabeza para enfrentar su propia guerra, y luego por la intransigencia de un monarca restaurado que firmaba sus reales decretos entre las sábanas revueltas y las nalgas de sus favoritas del burdel de Pepa La Malagueña.

A ambos lados del Atlántico, la clave estaba en el debate sobre la soberanía, que debía residir en la Nación, es decir, en los blancos, como queda claro en el brillante texto de David Bushnell -a quien extrañamos todos los días- sobre el sufragio en los albores de la República, donde el voto no era universal sino social y racialmente limitado.

Prueba de esa visión blanca de la rebelión que luego condujo a la Independencia, es que 200 años después, siguen siendo escasos los estudios de los historiadores y el reconocimiento del papel jugado por los esclavos negros o por la población indígena. Y eso que, en algunos casos, esos grupos sociales hicieron las veces de precursores al protagonizar levantamientos contra el poder colonial, décadas antes de la Independencia. En esa medida, el aporte de Weildler Guerra Curvela en este libro, es revelador y apasionante.

Esto fue un proceso dialéctico, una dinámica de acciones y reacciones, de rupturas y reacomodos. Esclarecedor resulta en este punto el texto de Víctor Manuel Uribe-Urán, con el sugestivo título de “¿Quiénes pensaron la República?”, donde retoma entre otras las tesis del siempre provocador Francois-Xavier Guerra, sobre la falta de un plan preconcebido, aún si algunos precursores vislumbraron, más bien por vía de excepción, lo que se avecinaba.

No hubo nunca un plan preconcebido pero si un sentimiento, el que había notado el barón de Humboldt, quien desde inicios del siglo se había percatado de que algunos criollos comenzaban a sentirse orgullosos de ser llamados americanos: Este es un filón que explora Georges Lomné, en el ensayo en el que sigue los pasos del proceso que llevó a los criollos de hablar de sus lazos con la madre patria, a sentir que, en buena medida por sus intereses de negocios, tenían que romper las cadenas que los ataban a ella.

Y ya que hablamos de intereses económicos, nada más pertinente que el ensayo de Adolfo Meisel Roca sobre quién gano y quién perdió con la Independencia, un balance de costos y beneficios que puede resumirse en que los costos se sintieron de inmediato, con la guerra misma, y los beneficios tardaron en llegar, pero sin duda llegaron, más en el siglo XX que en el propio siglo XIX. Gustavo Bell profundiza ese análisis, centrado en la costa Caribe, donde Cartagena, gran privilegiada en el período colonial, fue clara perdedora y, con el tiempo, Barranquilla, Santa Marta y Riohacha, resultaron ganadoras.

Mi gran amiga venezolana Inés Quintero, curtida como pocos en la investigación de la Independencia, aborda el balance social de ese gran cambio. Aunque muchas de las diferencias sociales se mantuvieron, -alguien diría incluso que se profundizaron- Inés nos explica con esa sencillez que caracteriza a los que saben de verdad, cómo la Independencia y la posterior construcción de nuestras repúblicas, trajo consigo un proceso, lento pero sostenido, de construcción de ciudadanía, que sería, a la larga, la principal de las rupturas con el antiguo régimen.

Completa estas reflexiones el trabajo de Marixa Lasso, sobre los cambios en las relaciones raciales tras la Independencia. “A veces vemos –dice con lucidez- los ideales de la Independencia como algo trillado, casi obvio, y no recordamos que en esa época no eran trillados ni obvios”. Marixa nos demuestra que, aunque lentamente y con innumerables tropiezos, la Independencia despejó el camino hacia una sociedad racialmente más abierta, más igualitaria, y que sentó las bases de la abolición de la esclavitud, aún si al principio era sobre todo una rebelión de los blancos criollos que buscaban la igualdad con los blancos peninsulares, sin querer perder sus propios privilegios frente a los demás grupos raciales que ellos explotaban.

Pero hay más, mucho más, incluso temas aún inexplorados o apenas mencionados, como lo señala Javier Ortiz Cassiani, quien demuestra que no hay, ni puede haber, una única versión, una manera única de mirar, relatar y analizar nuestra historia, y pide que el Bicentenario sea “un espacio y una ocasión totalmente abierta y plural”. Y cuánta razón tiene. Debemos ser capaces de aprovechar las muchas formas, los muchos enfoques, las diferencias y debates sobre la Independencia. Entre más controversia mejor. Es la vacuna perfecta contra la historia oficial. Y el mejor camino para aprovechar esta ocasión y construir, como lo propone Ortiz Cassiani, “un discurso de la dignidad”.

En ese sentido, el texto de Felipe Fernández-Armesto es un excelente punto de partida, cuando analiza la independencia colombiana en el contexto internacional y nos hace ver que tuvo, para el mundo, mucha más importancia que la que nosotros le damos, con eso que Fernández- Armesto llama nuestra “predilección por la autocrítica, ese sentimiento de haber experimentado una historia llena de fracasos y de temer un futuro lleno de frustraciones”.

Ni historia oficial del éxito, ni catálogo de fracasos. Entre esos dos extremos reduccionistas, están las muchas verdades sobre la Independencia, está la verdadera riqueza de una historia que sigue llena de regiones vírgenes, de temas apenas tocados de manera tangencial. Incluso para estudiar, como propone Virginia Guedea, a los perdedores, a los que escogieron el bando realista y salieron derrotados.

Amigos autores del libro, contertulios de esta noche:

He ejercido el periodismo desde que tenía 19 años. He sido testigo, a veces privilegiado, de 30 años especialmente desgarradores de nuestra historia. Podría narrarlos desde la sangre, la muerte, los magnicidios, el desplazamiento. Y sin duda, mis colegas y yo lo hemos hecho y lo debemos seguir haciendo. Pero también podemos y debemos narrarlos desde el valor, el coraje de quienes enfrentaron a los violentos, a los criminales, a los terroristas de diferente cuño, de falsas excusas ideológicas para vestir elegante sus sucios negocios de narcotráfico, extorsión y saqueo.

Lo mismo ocurre con la Independencia y con la República. Han sido, como dice el ex presidente Álvaro Uribe en el epílogo, 200 años de intentos sostenidos e irregulares por superar la violencia, pero también por construir una democracia, sin duda llena de defectos y carencias, pero democracia al fin. Una democracia que sólo seremos capaces de mejorar si, para empezar, estudiamos mucho más y mucho mejor nuestra historia y somos capaces, a diferencia de los líderes criollos del año 10, de ponernos de acuerdo en los puntos básicos de un breve pero alcanzable y sólido catálogo de propósitos nacionales a alcanzar en las décadas por venir.

Me agradó descubrir que mi admirado Malcolm Deas comparte conmigo, y con otros muchos, las dudas sobre la pertinencia del año 10 como fecha de conmemoración de la Independencia. Él se pregunta si no debíamos esperar al año 19, el de Pisba, el pantano de Vargas y Boyacá, el del gran ejército triunfante que construyeron entre Bolívar y Santander, en la única y feliz ocasión en que actuaron en verdad unidos.

Mi propuesta es un poco diferente. No nos quedemos con las celebraciones del año que termina. Tampoco esperemos hasta el año 19. Honremos todos esos años en que los líderes criollos aprendieron cuál debía ser el camino mientras lo recorrían, con una conmemoración reflexiva y de alta controversia, que dure al menos toda la década que tenemos por delante.

Señor Presidente Juan Manuel Santos:

Que siga el Bicentenario, que siga la reflexión, que siga el debate, al menos hasta el año 19: quien quita, señor Presidente, que a usted le corresponda presidir estos festejos durante 8 de los 9 años que quedan. Esto apenas comienza y, a juzgar por lo contenido en este libro, es mucho más lo que queda por hacer que lo agotado.

Libremos, del año 10 al 19 e incluso más allá, hasta la muerte del Libertador, hasta el asesinato del Mariscal Sucre, una nueva guerra de Independencia, esta vez contra la ignorancia sobre nuestra historia que es también la ignorancia sobre nuestro presente y la ceguera frente a nuestro futuro. Lo invito, Señor Presidente, a que impulse una prórroga de los festejos y, sobre todo, de las reflexiones sobre el Bicentenario, por el bien de Colombia.

Muchas gracias.

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This entry was posted on Martes, Marzo 8th, 2011 at 19:38 and is filed under Sin categoría. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.