Obra
Sólo Dios sabe lo que ha de sucederme.
La víspera de su asesinato, y como ya sabía que lo iban a matar, el Mariscal Antonio José de Sucre dedicó la duermevela inquieta de la última noche de su vida de vértigo a recordar la gloria alcanzada, siempre pasajera, y la perfidia, esa sí constante, los veinte triunfos en el campo de batalla y las decenas de traiciones de salón, los vulgares golpes de cuartel, Colombia desmembrada, Bolívar desterrado y él mismo también de salida. Era el fin.
—Eso me pasa por meterme a héroe —pensó sin arrepentirse, sin preguntarse siquiera si había valido la pena.
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Lo primero fue el susto, hermano. En qué cabeza podía caber que en la mitad del corredor del séptimo piso de un hotel de 250 dólares la noche, refugio del trabajo y la rutina donde escapar, aunque fuera por unos pocos días, de todo lo que le maltrata a uno la vida, un teléfono estallara con su timbre soprano coloratura justo frente a la puerta de los ascensores, justo a mis espaldas. Cada timbrazo me punzaba el lumbago como si alguien me aplicara, al ritmo de las campanadas del aparato, cuchilladas largas y profundas detrás de los riñones. Había aprendido a odiar ese sonido invasor que siempre me llevaba de regreso a la sala de redacción del periódico, el último lugar del universo donde deseaba estar esa mañana brillante de fin de marzo, recién llegado a Buenos Aires y con semana y media de turismo por delante, que ya era hora, carajo, en las primeras vacaciones tras media década de esclavitud ininterrumpida desde el inicio del nuevo siglo.
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«De esta constelación viene en cine una amenaza» leyó el Presidente en la primera pista del largo y ancho crucigrama de la edición dominical, que se preparó para afrontar con la certeza de que lo hacía, por primera vez en mucho tiempo, libre de los afanes del reloj y sin torturantes preocupaciones de gobierno. «Andrómeda», escribió sin el menor asomo de duda. Y sonrió.
Oyó los pasos de Luis Montegranario que subía, y lo reconoció sin siquiera verlo por el sonido de las suelas que arrastraba siempre sobre el borde de madera de los escalones. Aún en piyama y sentado en el sofá reclinable del pequeño salón del segundo piso a la derecha de la escalera, miró por la única ventana de la casa privada desde donde es posible apreciar los cerros orientales que esa mañana cortaban un cielo azul impecable. Al reparar en la dicha de que nadie le hablaría por lo menos durante una hora, se le antojó que la ligera brisa que entraba por la ventanilla entreabierta a un costado de la gruesa lámina de vidrio blindado, traía el aroma olvidado de la libertad.
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No era una bonita tarde la de aquel viernes 3 de agosto de 2001. Grises nubarrones de lluvia se recostaban contra los cerros que dividen a la sabana de Bogotá del valle de Sopó y un viento helado soplaba desde lo alto de las montañas. Poco antes de las 4 y cuando buena parte de los invitados se acomodaba ya en la veintena de mesas previstas para la ocasión, comenzaron a caer gruesos goterones que a los pocos minutos constituían una tupida cortina de agua. Todo indicaba que el chaparrón aguaría la fiesta del cumpleaños número 51 del ex presidente Ernesto Samper Pizano en una lujosa hacienda a pocos kilómetros de la localidad de La Caro, al norte de Bogotá.
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Unas cintas muy enredadas
LUNES 20 DE JUNIO
Debían ser las 10 y 30 de la mañana. Trasnochado por el cierre de edición de la víspera, después de la elección presidencial de ese domingo, Mauricio Vargas, director de la revista Semana, se disponía a iniciar un largo y esperado período de vacaciones en su apartamento del norte de Bogotá. Había previsto tres semanas de descanso una vez terminado el agotador calendario electoral de 1994, convencido como estaba todo el mundo en Colombia por aquellos días de que una vez elegido nuevo Presidente de la República, sobrevendrían algunos días de tranquilidad que Vargas, al igual que muchísimos colombianos, dedicaría a seguir uno por uno todos los partidos del mundial de fútbol USA-94. El plato fuerte de ese primer día sería el encuentro entre Brasil y Rusia, a las 3 de la tarde. No había más que tomar una buena ducha, preparar litros de café y sentarse al lado de la ventana con un buen libro, en espera de la hora del partido.
Pero poco antes de las 11, el recién nombrado jefe de redacción de la revista, Jorge Lesmes, quien había jurado no molestar a Vargas en los días por venir, incumplió su promesa.
- Oiga, qué pena fregarle la vida –dijo con la voz baja que suele poner Lesmes a las noticias delicadas- pero es que por ahí andan rodando unos casetes que probarían que los Rodríguez le dieron plata, mucha plata a Samper.
- Tiene que ser mentira –se apresuró a sentenciar Vargas
- Créame- insistió Lesmes-. Eso es lo que explica la carta de Andrés Pastrana.
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PREÁMBULO
Era martes y era 15 de agosto. Lo sé porque esos días se volvieron imposibles de olvidar. Hacia las diez y media de la mañana, el teléfono directo de mi oficina en la jefatura de redacción de Semana sonó un par de veces antes de que yo lo contestara. La voz al otro lado de la línea, un poco pausada, casi débil, era inconfundible. César Gaviria convertido semanas atrás para indignación de unos pocos y sorpresa de otros en jefe de debate de la campaña presidencial de Luis Carlos Galán, se ahorró como siempre los rodeos.
- Usted por qué no se viene a trabajar con nosotros?
- ¿Yo? –pregunté con sorpresa. ¿Y a hacer qué?






